Adiós al muñeco

Hace unos días recogí un cofre antiguo que había tirado en lo más oscuro de mi dormitorio. Dentro del cofre guardaba un muñeco de porcelana, el cual fue mi felicidad por muchos años. El juguete, por más sublime que se veía, no servía para nada. Mi alegría no era nada más que una rutina superficial. Era una carátula. Mentiras. El muñeco me subestimaba y yo lo sobrevaloraba.

En una noche fría, sin razón alguna, decidí tirarlo a una hoguera improvisada dentro de un terreno vacío. Lo vi fundirse entre las llamas rojizas del adiós. Lo maté… o eso creí.

Al llegar a casa lancé el cofre debajo de mi cama. Aunque el muñeco no estaba, pensé que debería de quedar algún recuerdo de su paso por la tierra.

Mucho tiempo después, decidí abrirlo con la esperanza que lo bueno del muñeco saliera a la luz. En cambio, saltó sobre mí el fantasma de un juguete viejo, con una apariencia grotesca y dolorosa, que me recordó la razón de su partida.

“Te amo”, me dijo.

Tomé un cuchillo, que también estaba tirado debajo de la cama, y se lo atravesé sin piedad. Los juguetes no hablan y los fantasmas no existen.

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